El fin de la cultura del almuerzo

El autor asegura que la restricción de las máquinas tragaperras que prepara el Consell puede acabar con miles de bares de barrio

Quién no ha entrado nunca en el bar de la esquina y ha pedido un bocadillo de blanco y negro o de tortilla con pimientos y se lo ha comido acompañado de unos cacahuetes y unas aceitunas? Efectivamente, el conocido «esmorzaret», la seña de identidad más valenciana, junto con nuestra paella, está en peligro de extinción. El esmorzaret nos acerca a los productos de proximidad, nos devuelve a nuestra infancia, a los sabores de casa de nuestros padres y abuelos. Sin los bares de barrio nuestros hijos ya no sabrían a qué sabe la salmorra, las salazones, las tortas magras, la orza, la sang amb ceba o la titaina. Muchos de esos bares de barrio, más de 34.000 en la Comunidad Valenciana, sobreviven gracias al trabajo y dedicación de sus dueños y trabajadores. Sobreviven gracias al almuerzo, esa especie de liturgia de la amistad, a través de la cual compartimos mesa y servilleta de papel con nuestros compañeros de trabajo. Los bares de barrio dan vida a nuestras ciudades. Sin ellos, la desertización de nuestras calles sería un hecho. Por no hablar de la importantísima función social que llevan a cabo los bares en los pequeños pueblos de nuestra Comunidad. Bares que se han convertido, casi sin pretenderlo, en el centro de reunión y de socialización de muchos de los pueblos de interior. Bares que siguen abiertos más como un servicio público a sus vecinos que por la rentabilidad del negocio, sobre todo para aquellas personas que lo tienen difícil para coger el coche para ir a comprar a núcleos mayores. En un solo local sirven bebidas y hacen bocadillos pero también venden tabaco, productos de limpieza, regalos, papelería e incluso productos de armería para los cazadores. En la mayoría de esos bares, las maquinas tipo B, las conocidas maquinas ‘tragaperras’, contribuyen a mantener esos bares abiertos.

Las Cortes Valencianas están a punto de dar luz verde a la nueva ley del juego. Una ley que, de facto, prohíbe a todos los bares y restaurantes de la Comunidad Valenciana tener máquinas de tipo B en sus locales. Una ley que, según hemos sabido por la prensa, va a prohibir este tipo de máquinas en bares que se encuentren a menos de 850 metros de un centro sanitario, deportivo o educativo. Es decir, el Gobierno del Botànic impone, de facto, la prohibición encubierta del juego privado en todos y cada uno de los 34.000 bares de la Comunidad Valenciana. Consideran que el juego debe prohibirse pero sorprende que sólo quieran prohibir el juego privado, y permitan, en cambio, que en los bares se pueda seguir jugando, por ejemplo, a los rascas de la Once.

La cultura del almuerzo no forma parte de los lujosos bares y restaurantes de nuestra Comunidad. Son los bares de barrio, los bares de pueblo, los bares de los polígonos en los que la cultura del almuerzo tiene todo su esplendor. Es la gente trabajadora la que mantiene viva la cultura del almuerzo. Nuestra cultura. Y en esos bares, las máquinas tragaperras contribuyen, en mayor o menor medida, a mantener los salarios de sus trabajadores. La desaparición de estas máquinas puede llevarse por delante el empleo de 12.000 personas del sector de la hostelería, entre camareros y distribuidores, en la mayoría de casos, jóvenes, mujeres y mayores de 50 años.

Pero esta ley no sólo se lleva por delante la cultura del almuerzo y 12.000 puestos de trabajo. La aprobación de esta ley dejará a la Generalitat Valenciana sin la aportación de casi 80 millones de euros que estás máquinas realizan cada año para que el Gobierno pueda seguir desarrollando políticas sociales en nuestra Comunidad. En la pasada campaña electoral, el presidente de la Generalitat, Ximo Puig, se comprometió a gobernar «desde el diálogo con la sociedad valenciana», un diálogo que, en nuestro caso, ha sido inexistente. Quedan pocos días para que la Comisión de Economía de las Cortes Valencianas le dé la puntilla al sector del juego y de la hostelería en la Comunidad Valenciana. Todavía hay tiempo para el dialogo y la negociación. Presidente, por el futuro de nuestra cultura, por el empleo y por la necesidad de mantener nuestro sistema de protección social, siéntese y dialogue. No nos parece que pidamos mucho.


Fuente: Las Provincias

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